
Allí estás, como cada noche
la oscura brisa derramándose sobre ti
fluyendo junto a tu ventana;
profunda y mortecina caricia mañana extinta.
Y ahí yaces, en el penumbroso alféizar
tus ojos, apagados, oscurencen aún más
lo arcano y recóndito de tus entrañas;
con ellos contemplas la eterna luna muerta,
el gélido palpitar de los astros,
la fugaz aparición de una estela tibia y luminosa
símbolo de deseos perdidos y esperanzas ya frustradas,
y esta visión anega de intensa negrura, cual tiniebla,
lo más lóbrego de tu ser; la vida, que por desear
ya desea ser trance...
Y en este grís reposo, estandarte de soledad,
es la reflexión tu oficio, como de Hades fue oficio
guardar a los muertos;
primero es tu mirada, que perdida en la infinitud
del horizonte (antaño albor de ya viejos mundos)
escudriña la razón de la etérea existencia,
y nunca haya la respuesta,
luego es tu pensamiento, que al comprender más
que tu avieso mirar, condesciende, y vislumbra la razón del ser,
pero nunca llega a aprehenderla.
Y por último, acaba siendo tu esperanza,
y tu postrero deseo,
quienes al comprender más que tu pensamiento,
que tu pérfida razón,
sentencian "es ella", y quién si no, y qué si no
la sempiterna motivación de tu devenir.
Y esta conclusión anega de intensa negrura, cual tiniebla,
lo más lóbrego de tu ser; la vida, que por desear
ya desea ser trance, y fin...
Foto: yo